Existía en España un humilde escritor que viajaba por todo el mundo y observaba todo aquello que le rodeaba, el paisaje, la actividad de las gentes, su religión, su cultura,….hasta su pensamiento. Lograba plasmar mediante sublimes actos de proeza en verso, hermosos libros llenos de magia, imaginación y sueños. Destilaba la esencia de los pueblos y sus gentes acercando y seduciendo los ojos del lector hacia a aquellos aspectos a veces ocultos que definían la sociedad de su tiempo. Estos libros los llevaba a un comerciante librero de la ciudad para que procediera a su venta. A éste, siempre le preocupaba el aspecto mas profundo de los libros que el escritor le llevaba, asi que en muchas ocasiones le decía que eran demasiado extensos, que los versos que escribia eran muy complejos y no los comprendía, que la portada y contraportada no eran de colores que llamaran la suficiente atención, etc…..El amable escritor le explicaba al librero que sus versos no eran complejos, sino que el lenguaje que utilizaba no era coloquial, que eran libros extensos porque la historia de la sociedad que describía habia sido larga en el tiempo, y que sus portadas y contraportadas no eran de cualquier color porque cada historia requería un tratamiento y color diferente que expresara la esencia de su contenido. El librero obvió todos estos argumentos e inmerso en su ceguera, decidió modificar algunas frases o partes literarias a su antojo para así hacer mas simple su lectura creyendo que vendería mayor cantidad de libros. Los clientes de la libreria empezaron a comprar en masa el libro como si de un poder liberalizador y atractor se tratara. El librero encargó nuevos libros al escritor, y con el afán de vender aún más cantidad y tener mayor beneficio, eliminaba algunos capitulos para ahorrar gasto de imprenta, diseñaba portadas floreadas y coloridas sin criterio alguno. El librero sabía que existía un poder de seducción especial del escritor que atraía a los clientes, aunque no sabía muy bien que era. Seguía encargando nuevos libros al escritor, pero llegó un día en que el escritor al recibir nuevos encargos dijo “NO”. No podía consentir que la sociedad se sintiera identificada con las historias que modificaba el librero, no soportaba que su libro fuese un adorno colorido en el salón de casa, en lugar de un espejo de la realidad. Su libro habia perdido la magia de soñar, de hacer sentir al lector. El escritor dijo “NO”. Tenía la obligación de evitar una sociedad superflua y deshumanizada, que usaba la literatura simple y exclusivamente como moneda de cambio. Era el fin de sus versos y de unos valores en la sociedad, y por encima de todo, entendió que tenía la obligación de hacerlo a cualquier precio como escritor que era. Supo decir un NO rotundo y evitar una catástrofe social.

El sprawl urbano ó suburbanización periférica ha sido retratado con frecuencia como un mal o fuerza consumidora, frente a un modelo de ciudad densificada avalada por un menor costo de consumo y mantenimiento, un menor consumo de suelo y degradación medioambiental, así como una mejor optimización de los modos de movilidad y transporte.

Contra este mensaje recurrente en la profesión del urbanista  deseo ofrecer un enfoque optimísta enjuiciando la visión generalista de esta dicotomía entre la ciudad densa y dispersa, e intentando plasmar que estas desafortunadas consecuencias de la ciudad dispersa o suburbana no siempre ocurren, y que con una buena planificación urbana y con apropiadas políticas tributarias y de uso del suelo, no tienen porque ocurrir.

El desarrollo residencial de baja densidad en general, y en particular los barrios residenciales con terrenos de gran superficie son con frecuencia presentados como el epítome del uso del suelo ineficiente, costoso y derrochador. De acuerdo a lo que sostienen los oponentes a la expansión periférica, las administraciones no deberían promover y, en muchos casos, ni siquiera permitir ese tipo de desarrollo, porque es mucho más costoso extender los servicios públicos sobre una gran superficie de suelo. Sin embargo, en un examen más detallado, puede emerger un cuadro diferente.

El gran terreno de uso residencial es típicamente producto premium, con un precio de venta elevado y una considerable base fiscal. Está destinado a familias pudientes que pueden abordarlo, y que también tienden a ser más avanzadas en edad y en sus carreras profesionales. Esto significa que estos terrenos generan sustanciosos impuestos inmobiliarios, con muy escasa demanda de servicios por unidad de habitante. La vía de acceso a estas viviendas es normalmente una calle de dos carriles con muy poco volumen de tránsito y, por lo tanto, requiere reparaciones con escasa frecuencia. El terreno residencial de gran superficie está servido habitualmente por pozos de captación y depuración y cámaras sépticas, haciendo innecesarios a veces los servicios públicos de abastecimiento y saneamientos.

Incluso con apropiadas políticas de impuestos y tasas, cualquier demanda agregada de capacidad escolar puede ser controlada. Algunas administraciones locales en Estados Unidos han adoptado cronogramas de tasas por impacto, a través de las cuales el desarrollador inmobiliario, y en definitiva el comprador residencial, paga un costo prorrateado por su terreno, que está destinado a los fondos de construcción escolar. Con tales políticas en práctica, cada nuevo hogar paga su justa parte proporcional en los fondos para construcción escolar, mitigando sustancialmente o evitando por completo esta carga sobre los fondos públicos. El desarrollo residencial, y en particular el desarrollo de baja densidad es con frecuencia presentado como un drenaje en el tesoro público. Sin embargo, existen notables excepciones a esta regla. En realidad, con algunas políticas tributarias y fiscales en práctica, el desarrollo residencial de alto precio y baja densidad puede proveer un beneficio neto a los fondos generales, y pagar su propia y justa alícuota por las escuelas y otros equipamientos y servicios públicos.

 

La baja densidad y el desarrollo urbano disperso son también presentados con frecuencia como perjudiciales para el medio ambiente. En particular, el argumento que se aduce es que este patrón de crecimiento urbano expande la contaminación atmosférica como resultado del aumento del número de commuters y el incremento de los viajes en automóvil. Los argumentos contrarios a la expansión urbana en las periferias sostienen con frecuencia que las políticas de uso del suelo deberían limitar el crecimiento a las áreas servidas por transporte masivo, y a promover desarrollos de alta densidad dentro de estas áreas, de modo de hacer más viable económicamente el transporte público. Con un uso más amplio del trasporte público, la contaminación atmosférica generada por los autos se reduciría.

Otra política que se propugna con frecuencia es la de focalizar el desarrollo urbano dentro de las áreas provistas con servicios públicos. En general, esto es obviamente correcto desde el punto de vista fiscal. Pero aquí, nuevamente, hay límites y excepciones. En estos argumentos hay una asunción tácita de que las áreas ya desarrolladas tienen realmente una capacidad subutilizada de los servicios públicos de los que están provistos. Pensemos en un momento en un área urbanizada, con veredas relativamente estrechas y edificios al filo de la vereda. ¿Cual sería aquí el costo de ampliar la calle, comparado con agregar cinco km de autopista de dos carriles, sin necesidad de ninguna demolición? ¿Puede, siquiera, ser realizada tal ampliación de la calle? En un área fuertemente desarrollada, ¿cuánto cuesta remplazar una tubería principal de abastecimiento de 40 centímetros de diámetro por otra de 65, incluyendo la construcción nocturna o fuera de horarios para evitar desgastantes demoras de tránsito cuando las calles son rotas? ¿Es esa opción realmente más eficiente en lo económico que instalar tuberias a lo largo de una vía suburbana sin obstáculos constructivos? ¿Cuál de las opciones se reparará con más facilidad si aparece una pérdida? ¿En cual de ellas causan menos molestias las tareas de reparación?

¿Que ocurre con los equipamientos recreativos y culturales, como los parques y bibliotecas? Un patrón de desarrollo disperso puede ser servido con equipamientos más pequeños y/o menos intensivos, y costos generales más bajos. Es cierto que si las áreas consolidadas tienen capacidad ociosa, los costos para proveer estos equipamientos pueden ser evitados dirigiendo los nuevos desarrollos hacia las áreas ya urbanizadas. Pero en algún punto de este proceso esa capacidad disponible es consumida y se hacen necesarios nuevos equipamientos o expansiones. Con una población a servir más concentrada, necesitaremos equipamientos más grandes y más versátiles, edificios más grandes, terrenos más grandes.

Consideremos el costo de tierra y de construcción para una biblioteca en un pequeño barrio de un área periférica, con costos relativamente modestos del suelo para un pequeño terreno, contra el costo de la ampliación de una gran biblioteca, que requerirían un terreno más grande y con costos del suelo varias veces mayores que los de sitios más remotos. En las áreas periféricas, los sitios para localizar nuevos campos deportivos y parques pueden ser encontrados sin demasiada dificultad. Encontrar un sitio apropiado para un equipamiento equivalente en un área de urbanización muy consolidada puede fácilmente ser imposible. Concentrar el desarrollo en áreas ya servidas por equipamientos públicos tiene mucho sentido, pero solo hasta el punto en el que la capacidad disponible esté completamente utilizada. Más allá de ese punto, una expansión mayor puede ser prohibitivamente cara.

 

Uno de los argumentos objetivamente ciertos contra el desarrollo disperso es que consume más suelo. La cuestión acerca de qué suelo es consumido y qué suelo es dejado en cambio en estado “natural” o rural, puede ser objeto de políticas activas, una opción mejor que dejarla librado a las fuerzas del mercado. Sin embargo, describir meramente el desarrollo urbano como “consumidor” de suelo no cuenta toda la historia.

Este consumo significa con frecuencia que tierras privadas, inaccesibles, muchas veces mantenidas en barbecho, sin cultivos ni cobertura arbórea, son convertidas en barrios atractivos y vibrantes. Esto no es siempre malo. Y en el actual estado de la planificación paisajística, parques, equipamientos recreativos, senderos naturales y espacios abiertos son generalmente incluidos en las principales urbanizaciones planificadas.

El planeamiento y desarrollo de comunidades es hoy extraordinariamente sensible a las amenidades naturales y a la estética del suelo, como consecuencia del propio interés de los desarrolladores en su intento de agregar valor al producto terminado. Es cierto, una vieja finca rural puede tener un cierto encanto. Pero una atractiva calle suburbana con un buen tratamiento paisajístico puede ser deslumbrante. El consumo de suelo para estos propósitos puede en algunos casos generar más espacio verde que el que existía en su estado natural, no desarrollado, es decir, repoblar paisaje.

 

Con estas observaciones no estoy tratando hacer creer que todo desarrollo disperso y de baja densidad sea bueno. Seguramente hay muchos ejemplos de desarrollos banales, mal localizados, con pobre planificación y mínimos equipamientos, que ocasionan costos fiscales mayores a los ingresos tributarios que genera el nuevo desarrollo. Mi opinión es que en general esto no es necesariamente así, y de hecho no es la situación que se da en muchos de los casos. No todo desarrollo disperso y de baja densidad es intrínsecamente malo. No todo desarrollo concentrado de alta densidad es intrínsecamente benéfico. Los detalles de cada situación requieren ser cuidadosamente examinados, caso por caso, para identificar las diferencias. En el contexto correcto, con ciertas políticas puestas en práctica y una planificación de calidad, el sprawl puede ser bueno.

En teoría, parece ser bueno formular una política restrictiva de uso del suelo. ¿Pero este enfoque reduce realmente la contaminación del aire? Los automóviles modernos, particularmente los vehículos de pequeño a mediano tamaño preferidos por los commuters que manejan sin compañía, generan una contaminación mucho menor que la que era habitual hace diez años. La cantidad de contaminación emitida por un auto último modelo, andando a una velocidad de 50 a 80 kilómetros por hora sobre calles de bajo tránsito, es realmente muy pequeña. Considere esto la próxima vez que esté conduciendo detrás de un autobus urbano. Observe la nube de humo denso y empetrolado que se expande en el aire que usted respira con cada aceleración que ese vehículo hace. Y luego considere cuantas nubes de humo exactamente iguales están originándose en cada detención y nueva partida que hacen estos autobuses, una y otra vez, durante su recorrido completo. Y luego, multiplique todas estos nubes de humo por el número de buses en la flota de transporte público que están haciendo lo mismo. ¿Puede esto ser realmente menos contaminante que un grupo de autos con uno o dos pasajeros transportando la misma cantidad de gente? ¿Tiene realmente sentido concentrar los desarrollos urbanos de manera que el tráfico en continua detención y partida sea inevitable?

Un patrón de desarrollo disperso puede diluir y desagregar los orígenes y destinos de los viajes de manera tal de reducir la frecuencia de los embotellamientos de tránsito. La dispersión puede permitir evitar las “manchas calientes” y “picos de contaminación” que violan los standards normativos de calidad atmosférica. La concentración del desarrollo urbano puede ser causante de muchos problemas ambientales que un incremento marginal en el uso del tránsito puede resolver.

Definitivamente creo que el Sprawl puede darnos una lección de buenas prácticas en aplicación de un nuevo urbanismo extensivo también sostenible.

by Juan Moya

Parece difícil ordenar las ideas sobre la enorme avalancha de información y referencias sobre las Smart Cities o Ciudades Inteligentes a la que estamos asistiendo últimamente, producto del rápido avance de la tecnología y su acción directa sobre la arquitectura.

La primera vez que oí la expresión Smart City me pareció que por fin se reconocía la necesidad de indagar sobre las bases de la construcción de la ciudad, atendiendo a sus capacidades de evolución y adaptabilidad a los verdaderos perfiles de complejidad social, cultural y económicos. Evidentemente, mis apreciaciones sobre el tema iban en otra dirección, y lo que realmente se estaba consolidando bajo etiquetas tipo smart-x era una hipertecnificación de la planificación de ciertas áreas urbanas concretas tales como la energía, la movilidad, la contaminación o las infraestructuras. Y aunque todo este bombardeo dirigido a la sociedad, parecían esconder detrás un concepto de nuevo hábitat y nuevos modelos urbanos para las ciudades, no acababan de hacer más que rodeos en torno a la alta tecnificación de la arquitectura que permitiera la mayor eficiencia económica y energética del sistema urbano a través de monitorizaciones y programas de gestión de datos.

Creo que no es necesario recordar ciertas analogías o similitudes a cierto maquinismo humano como el que exponía Charles Chaplin en su película de Tiempos Modernos en 1936, para hacernos creer que la ciudad puede ser controlada, optimizada,… mediante una nueva tecnología de gestión de datos humanos; puesto que la incapacidad de profundizar sobre el verdadero concepto de inteligencia y semántica de un elemento vivo y cambiante como es la ciudad, la convierte en una verdadera utopía alejada de los verdaderos valores de la urbe.

No obstante y a pesar de la alta contribución que la tecnología puede aportar a nuestras ciudades, no dejo de pensar que las propuestas de Smart Cities siguen sin incidir en la verdadera definición de espacio público inteligente. Es el momento de revisarlo, y porque no tecnificarlo, para pensarlo como dispositivo que estabilize  y favorecezca de forma inteligente las relaciones ciudadanas transparentes, abiertas y duraderas entre individuos diferentes. Un sistema para la inyección de nuevas utilidades y porosidades en el espacio compartido que lo haga evolutivo como sistema, y abierto para diferentes protocolos de uso y contextos. Lo más cercano a esta necesaria revisión, lo podamos encontrar en las plataformas públicas sociales, que no son más que sistemas abiertos de construcción de sociedades mediante ciertas reglas de juego o utilidades de interacción, que en este caso se extenderían al enlace de espacios sociales físicos y virtuales.

 

La sociedad y su inercia a evolucionar hacia contextos mejores y más avanzados, se ha visto frustrada por las fragilidad de las bases de la cultura del “ladrillazo” en los años de la abundancia. La arquitectura, como fiel reflejo tecnológico de la sociedad, ha resultado un producto a medida de un perfil social enmascarado e irreal, que  creía haber encontrado la base para su evolución en todos sus contextos y  variables. Y esta es la materia arquitectónica acumulada de los últimos años, producto-residuo de los fallidos esfuerzos hacia una transición donde los principios sociales se iniciaron en un proceso de ebullición demasiado rápido y cuyo exceso de temperaturas los hizo evaporar.

En este momento, la crisis global se ha convertido en el agente de cambio de las creencias del nuevo hombre, haciendo cambiar el rumbo de nuestras vidas hacia una dirección distinta pero todavía incierta, y con ello una acumulación de arquitectura heredada convertida en basura inactiva de un proceso de producción-consumo agotado. La sensibilización de la sociedad hacia el medioambiente y la sostenibilidad, intentan ecologizar nuestras mentes con pinceladas retóricas y políticas verdes activistas, construyendo un frente posicionado principalmente en la destrucción de la arquitectura-residuo. Pero tengamos en cuenta que la era “verde” se manifiesta de forma fragmentada y no bajo un sistema totalmente ensamblado y unificado en el territorio, el cual debería optimizar  costes y beneficios. Luego la destrucción arquitectónica como tal, lleva consigo un incremento enorme de coste y energía asociado a un mínimo beneficio al tratarse todavía como problema local aislado.

Lo que si debemos tener claro, es que la materia prima actualmente es el residuo inmobiliario heredado, y debemos encontrar  fórmulas de mínimos esfuerzos para hacerla evolucionar a nuevos ciclos de autoabastecimiento  producción-consumo que devuelvan la actividad a nuestros territorios.  Quizá nos encontremos en primer lugar ante un nuevo deconstructivismo matérico de ensamble, capaz de encontrar un equilibrio cargas y beneficios bajo nuevos conceptos, y dentro de un sistema territorial global tecnificado y monitorizado. ¿Pero como iniciar estos procesos de activación y equilibrio en estas arquitecturas?

La complejidad de los ecosistemas humanos demandan cambios y ajustes de reequilibrio continuo. Las arquitecturas como partes incidentes en los sistemas, deben contar con capacidad de regeneración, evolución y ajuste,  puesto que como cualquier agente activo, cuenta con una vida útil acotada y limitada. Es en este sentido donde debe concentrarse la actuación sobre la arquitectura ” inactiva o muerta” , incorporando “semillas urbanas” capaces de crecer y alimentarse de la propia materia “basura” donde se insertan, para consumirla como tal,  regenerarla y hacerla evolucionar hacia nuevas  demandas.

by Juan Moya, arquitecto

 

En la nueva polis de continua evolución y transformación, es interesante indagar sobre las profesiones que darán respuestas a las necesidades organizativas, ecológicas, productivas y tecnológicas del siglo XXI. Universidades europeas como la de Oxford, a través del School of Social Sciences, o la de Barcelona están investigando los cambios en el mundo laboral a partir del cambio tecnológico, las tendencias ecológicas y las nuevas formas de relación de las empresas con los gobiernos y las comunidades.El panorama de las nuevas profesiones del futuro se prevé dividirse en varios áreas:

Profesiones de negocios y recursos humanos

Broker del talento: Administrará y venderá talento. Este profesional identificará las capacidades adquiridas por los trabajadores y las comercializará en organizaciones a escala global.

Collective Intelligence Office: Será responsable de gestionar el conocimiento de la organización, y el encargado de potenciar y maximizar al capital humano y sus competencias.

Gerente de Bienestar: Será un directivo especializado en proveer e implementar planes de beneficios para mejorar la salud laboral y el equilibrio de trabajo/vida personal de los miembros de una organización.

Agility Consultant: Será un consultor de simplicidad y agilidad en los negocios. Ayudará a las organizaciones a racionalizar los procesos, la tecnología, sus estrategias y las herramientas de marketing.

Profesiones de ecología y responsabilidad social

Sustainability Manager: Será el director encargado de velar por las buenas prácticas de la compañía en relación al cuidado del medioambiente y los vínculos con gobiernos y comunidades.

Entre sus responsabilidades, estará la prevención de fraudes y la elaboración de programas de gestión de crisis, para enfrentar contingencias como catástrofes naturales.

Recicladores Ambientales: La necesidad de preservar recursos naturales impulsará la aparición de nuevos especialistas del reciclado. Éstos se encargarán de reconvertir los residuos tóxicos en materias primas para la producción o en nuevas fuentes de energía no contaminantes.

Data Ecologist: Brindará datos a organizaciones públicas y privadas sobre la evolución de indicadores ecológicos y ambientales.

Profesiones médicas y científicas

Bioinformático: Será un especialista en biotecnología e informática que trabajará en el desarrollo de tratamientos médicos.

Geomicrobiólogo: Tendrá formación en geología, ciencias ambientales y microbiología, para trabajar en la creación de microorganismos que ayuden en las técnicas médicas del futuro y en la eliminación de la polución.

Nanomédico: Serán médicos con formación en nanotecnología, para el desarrollo y operación de dispositivos para el cuidado de la salud.

Agronegocios

Productor de alimentos orgánicos: Empresario y agricultor que dominará tanto las técnicas genéticas como las comerciales. Este perfil surgirá por la alta demanda de productos ecológicos.

Tecnoagricultores: Utilizarán robots para el sembrado, el tratamiento químico y la recolección de los cultivos. Emplearán equipos de riego inteligente que adecuarán la humedad a las necesidades de los vegetales y dispondrán de computadoras conectadas a grandes redes de información agrícola.

Acuicultores: Manejarán “plantaciones sumergidas”, donde cultivarán y criarán distintas especies de animales y vegetales para el consumo. Serán especialistas en biología marina y genética. Actualmente, ya trabajan con moluscos y algas en recintos controlados.

Profesiones de tecnología y entretenimientos

Diseñador de videojuegos: Los videojuegos ya son una de las industrias más poderosas del mundo del entretenimiento, con ventas por 10.000 millones de dólares anuales sólo en los Estados Unidos. Y esta tendencia seguirá firme, creando miles de empleos de diseñadores.

Conectadores: Serán especialistas en empalmar fibras ópticas.

Telecomunicólogos: Serán los especialistas que gestionarán la interconexión masiva de computadoras y sistemas electrónicos a través de redes de telecomunicaciones como Internet. En esta profesión habrá tanto técnicos como creativos.

Holografistas: Especialistas en la creación de animaciones y espectáculos mediante la holografía, que permite crear objetos y escenarios tridimensionales, gracias a la técnica del láser.

By Juan Moya, arquitecto

 

 Lo confieso, -soy arquitecto- y los que somos de esta profesión, cuando llegamos a una nueva ciudad sentimos la debilidad de poder conocerla con la mayor intensidad posible. La paseamos, nos movemos en metro, visitamos sus museos, sus parques y plazas, y buscamos esos lugares diferentes que avivan nuestro deseo de conocimiento y percepción social del entorno.  Nuestra mirada se habitúa sobre nuestros pies, reconociendo cada centímetro de un entorno de acción cercano, y a veces logramos mirar sobre nuestras cabezas de un modo distante para percibir ocasionalmente el cielo, algún pájaro o algún edificio alto que nos hace cuestionarnos ¿si pudiera llegar ahí arriba todo sería diferente?

El caso es que reconozco haberme colado en los edificios más altos de las ciudades que he visitado, para poder sentir la dominación desde las alturas. Permanecer lo más cerca del cielo, te hace sentir optimista e incita un nuevo modo de sociabilidad y cultura etérea diferente a la terrenal capaz de transportarte a una definición de lugar intangible. Pero la decepción nos inunda cuando la ciudad se hace discontinua en este nivel superior, haciendo fracasar  los sueños de pasear un parque en las alturas, darle los buenos dias a algún vecino mientras toma el sol, hacer realidad una persecución sobre los tejados, un circuito deportivo, o llegar a almorzar en un restaurante con las mejores vistas del mundo.

La ciudad como la conocemos actualmente, no funciona bajo los mismo parámetros que la ciudad etérea, porque los que deseamos vivir en lo alto de nuestras cabezas, imaginamos un  paisaje   sin discontinuidades, donde la calle no existe como tal,  evolucionando a un tejido compartido -servidor y servido-, peatonalizado y accesible en su totalidad, con nuevas fórmulas de sociabilidad y cultura que nos hacen sentir lo más cerca de la libertad  y la mística. 

Estamos mal de  ”la azotea”, pero si actuamos sobre ella, será posible entre otras cosas revitalizar tejidos urbanos enfermos y obsoletos en niveles inferiores,  para así dotarlos de nuevas condiciones espaciales adaptadas a los tiempos que corren. ¿Estaremos ante un nuevo modo de urbanismo?

by Juan Moya, arquitecto

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