Parece difícil ordenar las ideas sobre la enorme avalancha de información y referencias sobre las Smart Cities o Ciudades Inteligentes a la que estamos asistiendo últimamente, producto del rápido avance de la tecnología y su acción directa sobre la arquitectura.
La primera vez que oí la expresión Smart City me pareció que por fin se reconocía la necesidad de indagar sobre las bases de la construcción de la ciudad, atendiendo a sus capacidades de evolución y adaptabilidad a los verdaderos perfiles de complejidad social, cultural y económicos. Evidentemente, mis apreciaciones sobre el tema iban en otra dirección, y lo que realmente se estaba consolidando bajo etiquetas tipo smart-x era una hipertecnificación de la planificación de ciertas áreas urbanas concretas tales como la energía, la movilidad, la contaminación o las infraestructuras. Y aunque todo este bombardeo dirigido a la sociedad, parecían esconder detrás un concepto de nuevo hábitat y nuevos modelos urbanos para las ciudades, no acababan de hacer más que rodeos en torno a la alta tecnificación de la arquitectura que permitiera la mayor eficiencia económica y energética del sistema urbano a través de monitorizaciones y programas de gestión de datos.
Creo que no es necesario recordar ciertas analogías o similitudes a cierto maquinismo humano como el que exponía Charles Chaplin en su película de Tiempos Modernos en 1936, para hacernos creer que la ciudad puede ser controlada, optimizada,… mediante una nueva tecnología de gestión de datos humanos; puesto que la incapacidad de profundizar sobre el verdadero concepto de inteligencia y semántica de un elemento vivo y cambiante como es la ciudad, la convierte en una verdadera utopía alejada de los verdaderos valores de la urbe.
No obstante y a pesar de la alta contribución que la tecnología puede aportar a nuestras ciudades, no dejo de pensar que las propuestas de Smart Cities siguen sin incidir en la verdadera definición de espacio público inteligente. Es el momento de revisarlo, y porque no tecnificarlo, para pensarlo como dispositivo que estabilize y favorecezca de forma inteligente las relaciones ciudadanas transparentes, abiertas y duraderas entre individuos diferentes. Un sistema para la inyección de nuevas utilidades y porosidades en el espacio compartido que lo haga evolutivo como sistema, y abierto para diferentes protocolos de uso y contextos. Lo más cercano a esta necesaria revisión, lo podamos encontrar en las plataformas públicas sociales, que no son más que sistemas abiertos de construcción de sociedades mediante ciertas reglas de juego o utilidades de interacción, que en este caso se extenderían al enlace de espacios sociales físicos y virtuales.




